Cada inicio de curso vuelven los debates y las reflexiones sobre la “adaptación escolar”.

Pero, ¿realmente avanzamos o seguimos diseñando adaptaciones apoyadas en creencias que no respetan el desarrollo afectivo y evolutivo de las criaturas o que siguen teniendo una mirada adultocéntrica y productivista?

Nos preguntamos si no es esto un tipo de violencia más sobre las infancias, sobre las familias y sobre los y las profesionales del ámbito educativo.
Como profesionales del ámbito educativo y psicológico tenemos la responsabilidad de dar voz a las necesidades emocionales de las criaturas para impulsar y luchar por llegar a fórmulas que pongan a estas en el centro de los cuidados, porque esta es una forma de cuidar la vida.

De los mitos a las prácticas constructivas

En un artículo anterior compartimos una reflexión sobre los mitos de la adaptación escolar. Allí explicamos cómo ciertas creencias, aunque muy arraigadas en nuestra sociedad, no siempre ayudan a las criaturas en un momento tan sensible como el inicio de la escuela o en los cambios de etapa de su escolarización.

Somos conscientes que hay muchísimas variables del sistema educativo y laboral que no ayudan a cuidar estos procesos, como por ejemplo las ratios de las escuelas o las dificultades que enfrentan las familias para conciliar el cuidado de esta etapa con su realidad laboral. Pero siendo conscientes de que estas dificultades están y que merecen ser batalladas en múltiples niveles, nos parece importante reflexionar hoy sobre qué rutas podemos trazar para diseñar procesos más respetuosos y cuidadosos de las infancias.

El inicio escolar no es solo un acontecimiento, principalmente en los comienzos de cada etapa escolar, es un momento muy sensible y relevante para los y las niñas. Las primeras experiencias de separación, la creación de nuevos vínculos y el sentirse seguras emocionalmente en un entorno distinto al familiar son vivencias que dejarán huellas profundas en su psiquismo y en su desarrollo.

Desde la mirada psicológica, sabemos que estas primeras experiencias incidirán en cómo las criaturas vivan los cambios posteriormente y en la forma de relacionarse con la escuela y con los aprendizajes.

Desde la escuela, este acompañamiento requiere una reflexión metodológica profunda. Cómo organizar la estructura escolar para respetar el proceso de vinculación o familiarización de los y las niñas al nuevo entorno.  

Desde el ámbito terapéutico, implica ofrecer una mirada que contemple las particularidades de cada criatura en su proceso de adaptación, a la vez que ofrecer un espacio de escucha, sostén y orientación a las familias. 

Ambas miradas se encuentran en un punto común: la necesidad de escuchar y poner en el centro el desarrollo afectivo y el cuidado de la seguridad emocional de los y las niñas.

Y puede parece algo obvio o menor, pero les aseguro que los y las profesionales que nos dedicamos a acompañar el malestar infantil vemos el impacto de procesos de separación que no respetan el desarrollo evolutivo y esperado de la infancia y las secuelas que deja a largo plazo. 

Poniendo la mirada en construir procesos de vinculación respetuosos

Para acompañar la adaptación escolar de manera respetuosa, es necesario sumar miradas. La escuela y la terapia no ocupan el mismo lugar, pero comparten un mismo objetivo: cuidar el desarrollo afectivo y emocional de la infancia.

La escuela como espacio seguro emocional para las criaturas

Desde la práctica educativa, planificar el proceso de la adaptación o familiarización no debería reducirse a dosificar los primeros días el tiempo de permanencia de las criaturas en la escuela.

Se trata de tener en cuenta:

  • Una revisión metodológica que requiere contemplar cómo plantear el inicio escolar para que los y las niñas puedan estar con una persona adulta de su entorno de confianza habitando los espacios, conociendo las rutinas, comenzando a construir el vínculo con los y las educadoras o maestras.
  • Una organización de los recursos y los espacios para que se contemple la realidad de cada criatura y cada familia, dentro de las posibilidades con la que cuente la escuela.
  • Entender que el proceso de familiarización o vinculación no trata de que la criatura se “acostumbre” a quedarse sin su madre o padre, sino que es un proceso psicológico mucho más profundo y complejo que hemos de poder mirar, comprender y atender.
  • Que el proceso del inicio escolar es un proceso que implica a todo el colectivo de la comunidad educativa de un centro.

La terapia como sostén para familias y criaturas en casos que lo requieran

No todas las familias necesitarán un acompañamiento externo en este proceso. La mayoría de criaturas podrá transitar el inicio de la escuela con el sostén de los y las educadoras y un acompañamiento familiar sensible.

Sin embargo, hay situaciones en las que la mirada terapéutica puede ser un recurso que sume:

  • Cuando la separación despierta un malestar intenso y prolongado en el o la niña que no se alivia con el tiempo ni con las acciones de los y las profesionales del entorno escolar.
  • Cuando las familias viven la adaptación con mucha angustia o dificultad para sostener emocionalmente a sus hijos e hijas.
  • Cuando existen experiencias previas de separaciones dolorosas o traumáticas.
  • Cuando se detectan particularidades en el desarrollo o necesidades emocionales que requieren un acompañamiento más individualizado.

En estos casos, el papel de el o la terapeuta no es reemplazar la tarea de la escuela ni patologizar el malestar, sino ofrecer un espacio de escucha, sostén y orientación que acompañe y sume en este proceso.

Prácticas constructivas en la escuela

Para que la adaptación escolar no se viva solo como un acontecimiento y sí como un proceso, las escuelas pueden generar condiciones que hagan del inicio un proceso más humano y respetuoso.

Algunas claves:

  • Familiarización progresiva: abrir un tiempo inicial donde familias y criaturas compartan el espacio escolar antes de la separación definitiva. Para que sea progresiva no puede tratarse solo de los primeros días, y ha de poder flexibilizarse en función de las necesidades de cada etapa evolutiva y de cada criatura en la medida de las posibilidades.
  • Presencia de referentes adultos de la criatura: permitir que al inicio la criatura se quede con alguien de confianza hasta que logre un primer vínculo con su educador o educadora y así la separación no supondrá la angustia de quedarse “solo”, sino más bien el reto del cambio de referente, pero desde una confianza y seguridad emocional, no desde el miedo o angustia.
  • Flexibilización de horarios: que la jornada completa llegue realmente de manera gradual en función de los procesos de las criaturas y de la realidad de las familias.
  • Espacios acogedores y diversidad de propuestas o materiales que permitan la exploración según los intereses.
  • Ratios y recursos: es imprescindible seguir batallando para conseguir los recursos humanos necesarios en las escuelas que hagan posible un acompañamiento emocional real y ajustado a cada etapa evolutiva.

En definitiva, se trata de diseñar un inicio que ponga el vínculo y la seguridad emocional en el centro, donde el bienestar sea la base sobre la que después se construirán los aprendizajes.

Prácticas constructivas desde las familias

La mayoría de familias podrá acompañar este proceso con acciones simples pero que harán una gran diferencia en cómo los niños y niñas transiten la adaptación:

  • Validar las emociones: reconocer el miedo, la tristeza o el enfado como emociones válidas y con sentido, que no hay que extinguir o salir de ellas rápidamente. Tambien el llanto como una expresión válida de estas emociones, darle un lugar y un acompañamiento.
  • Rutinas o rituales: mantener unos horarios y actividades lo más estables posibles y crear pequeños rituales de despedida que ayuden a situar y anticipar la experiencia de la separación.
  • Evitar comparaciones: cada criatura tiene sus tiempos y sus ritmos. Las comparaciones no ayudan.
  • Confiar en la escuela que hemos elegido y en su equipo: transmitir a el o la niña que está en un entorno y con unas personas adultas en las que confiamos.
  • Pedir ayuda cuando sea necesario: si el malestar es muy intenso o prolongado, buscar acompañamiento externo no es señal de debilidad, sino una acción de cuidado.

Lo importante no es obsesionarse con hacerlo todo a la perfección, sino estar disponibles y sensibles a lo que necesita cada criatura, confiando en que poco a poco se sentirá segura en su nuevo entorno. A la vez que siempre será importante observar qué nos mueve a nosotras como adultas este proceso de separación para revisar lo que puede ser más nuestro que de ellos o ellas.

Conclusiones

La adaptación escolar no es un trámite ni un hito en el calendario: es un proceso sensible que deja huella en la vida emocional de cada niño y niña. Las primeras experiencias de separación y de vinculación son las que construyen los cimientos de la confianza básica para abrirse a los aprendizajes, a las relaciones y a la exploración del mundo. Por esto es vital que las cuidemos.

Como profesionales de la educación y la psicología, pero también como familias y como sociedad, tenemos la responsabilidad de ofrecer inicios escolares que transmitan seguridad, sostén y respeto por los ritmos de la infancia. No se trata de que todo sea perfecto, sino de que las criaturas puedan sentir que el mundo que se abre frente a ellas es un lugar confiable.

En el artículo que mencionamos anteriormente desmontábamos algunos mitos muy presentes sobre la adaptación escolar. En el presente artículo nos hemos propuesto sumar prácticas y caminos posibles. Ambos textos se complementan: uno nos ayuda a reconocer qué conviene dejar atrás, y el otro nos invita a construir alternativas que cuiden de verdad a la infancia.

Cuando el inicio escolar se vive desde la seguridad emocional, sembramos la base para una relación más sana con la escuela, con los aprendizajes y con la vida a través de la vivencia del mundo como un lugar seguro.