Muchas veces cuando intercambiamos miradas y puntos de vista con maestros, educadores o padres y madres surge una idea que tiene mucha fuerza en relación al acompañamiento emocional de los niños y niñas y es que el adulto tiene que estar “bien” para acompañar al niño.

Esto en el ámbito profesional todavía cobra más fuerza imponiéndose como una suerte de “deber profesional” que muchas veces se traduce muy rápido en que el adulto debería reprimir la expresión de sus estados emocionales y no mostrar su emoción al niño. Parece que el adulto tendría que ser una suerte de “encefalograma plano” en sus emociones cuando se relaciona con un niño.

Comprendo que por momentos este estar bien responde a unos mínimos de bienestar psicológico, afectivo, emocional, es decir, a que la persona adulta sea capaz de sostener emocionalmente a un niño en sus procesos y no esperar que sea el niño el que le sostenga en su emoción al adulto. Pero partiendo de esta base, de un adulto que tiene sus recursos internos, psicológicos, madurativos, como para, en la relación con el niño sostenerse y sostenerle cuando éste lo necesite, me gustaría desarrollar esta especie de mito creado principalmente a nivel educativo y aportar una reflexión sobre él.

Como ya desarrollé en escritos anteriores, parto de la base de considerar que las emociones se acompañan y no se educan. Las emociones primarias o básicas forman parte del aspecto instintivo del ser humano y en todo caso, lo que se podría acompañar a que evolucione es su expresión, para que, con el desarrollo y maduración, el niño pueda ir encontrando formas de expresar sus emociones que tengan en cuenta la dimensión social, que consideren al otro, además de considerar sus propias necesidades internas.

 

Partiendo de este punto, me gustaría desarrollar el concepto de lenguaje emocional.

Últimamente encuentro que tiene mucho sentido, parafraseando el poema de Loris Malaguzzi  “Los 100 lenguajes del niño”, hablar de un lenguaje emocional que el niño va construyendo y nutriendo a partir de la calidad de las relaciones que establece con su entorno.

Un entorno que está compuesto por sus iguales, los otros niños y niñas, y por sus referentes adultos, que es el lugar hacia donde él mirará para construirse a partir de sentirse identificado. Si bien es verdad que en la primera infancia, esta identificación el niño y la niña la viven principalmente con sus padres, todos los adultos que les acompañamos formamos parte de este universo al que el niño mira con atención, para tomar elementos que le permitan comprender como se “es” niño, niña, hombre, mujer, etc.

Crecemos, nos desarrollamos, maduramos afectivamente en relación. Es en relación con el otro donde comprendemos no sólo cómo funciona lo social, sino también cómo funciona mi mundo interno. Es la madre y/o el padre el que le devuelven con sus palabras al bebé, “ahora estás cansado, necesitas dormir… o ahora te has enfadado porque no alcanzas el juguete que quieres, o porque no logras ponerte de pie por ti mismo”. Y es a través de ese lenguaje que el adulto “presta” al niño, cuando este es muy pequeño para expresarlo por sí mismo, que el niño va comprendiendo su mundo interno.

Si pensamos que el lenguaje verbal se construye de esta manera, en un entorno rico en palabras… si pensamos que el deseo de conocer el lenguaje escrito por parte del niño surge cuando éste se encuentra en un entorno rico en letras, en libros … podríamos pensar también que el niño desarrollará un lenguaje emocional rico a partir de vivir en un entorno rico en emociones… En un entorno que exprese, que se muestre emocionado, que tenga adultos que se emocionen, pero no sólo sintiendo alegría, sino también sintiendo la tristeza, el miedo o el enfado.

Cuando un adulto expresa su propia emoción estando en relación con el niño (ajustándose en este sostenerse a sí mismo como explicaba al inicio del escrito), le da la oportunidad al niño de: conocerle, de conocer una forma de vivir esta emoción y también de sentirse reflejado. Le da la oportunidad de aprender de este reflejo que el adulto puede aportarle. Si yo vivo cómo es tu enfado, puedo comprender a nivel profundo cómo es esa emoción en ti y puedo aprender nuevas formas de expresarlo en mí también.

Por otra parte, cuando el adulto puede hablar de su propia emoción y separarla de la emoción del niño, esto contribuye a construir una comunicación clara. Por ejemplo, cuando un niño está subido a una gran altura, si el adulto expresa su miedo a que se haga daño, puede que no confunda al niño en relación a lo que él puede estar sintiendo. Puede que el niño no esté sintiendo miedo, pero con la alerta del adulto si éste no es claro, puede que se confunda, se sienta inseguro y se caiga. Es clarificador que el adulto le exprese su propia emoción e incluso, que desde esta emoción que siente, le ponga un límite a su acción. “Tengo miedo de que estés tan alto y necesito que bajes” es algo muy claro para un niño, siento mi emoción, la expreso y te pongo un límite desde esto que yo estoy sintiendo, porque yo como adulto tengo la responsabilidad de cuidar que no te hagas daño y de acompañarte. Ahora, “quiero que bajes porque te caerás y te harás daño” no es algo claro a nivel de comunicación y relación, confunde, no tiene la misma claridad.

Otro ejemplo, cuando un maestro llega a clase y es capaz de expresar que ese día se siente enfadado, triste, o nervioso por algo que le ha sucedido en su vida (pudiendo hacer referencia a lo que le ha pasado concretamente o no, no es necesario), le permite a los niños “ubicarle” y “ubicarse”. Es decir, el niño ya sabe que puede ser que si el maestro está más irritable, no tenga tanto que ver con algo que él hace, que no sea su “culpa”, y que tenga más que ver con que ese día la paciencia del adulto es menor porque está viviendo esa emoción. Esto le permite al niño no cargar, no hacerse responsable de cosas que no le corresponden, le permite construir un mapa interno y externo emocional más claro, más nítido.

El trabajo aquí es más del adulto que del niño, porque esta mirada nos implica conocernos a nosotros mismos, conocer nuestro propio mapa emocional para poder ofrecer una claridad, una veracidad de lo que nos está ocurriendo y también tener la valentía de mostrarnos frente al niño con lo que estamos viviendo. Como adulto, y más como profesional trabajando con niños, sí que me tendría que sentir en la responsabilidad de conocerme a mí mismo, de crecer interiormente para ampliar esta consciencia de mi mundo emocional, y así poderle ofrecer al niño un espejo en donde sentirse reflejado e identificarse con una imagen clara y nítida.

Como adultos mostrando nuestra emoción transitando por este autoconocimiento necesario, estamos apostando por construir en la relación con los niños un lenguaje emocional rico, un lenguaje emocional que sea aprendido en base a experiencias vividas, en base a experiencias significativas de relación… y no en base a actividades planificadas en talleres donde se habla en abstracto de las emociones y para los niños no constituyen experiencias o aprendizajes significativos o integrados en su experiencia cotidiana.

Abro esta reflexión con el objetivo de continuar profundizando en esto que considero tan importante que es acompañar emocionalmente a los niños para que se desarrollen como seres integrados, en contacto con su propio instinto, naturaleza, con un buen conocimiento interno de sí mismos a la vez que también sean capaces de ver al otro y respetarlo. Respetar su mundo interno a la vez que respetar al otro y al entorno en el que viven.