El reto actual en la innovación pedagógica es un reto sin precedentes.

El reto implica un cambio de paradigma donde el respeto por los procesos de vida y por las personas es tan importante como el contenido curricular. O mejor dicho, los aprendizajes didácticos tienen sentido sólo, en un contexto donde son significativos para la persona y por tanto, están vinculados y guiados por el momento vital de cada unx.

Para poder acercarnos a los intereses auténticos y respetar los ritmos de cada niñx, sin caer en una demanda abrumadora y caótica, será importante tener muy claro qué límites tendremos que sostener y de qué manera podremos acompañar los conflictos que van apareciendo en la convivencia diaria. Si hubiese una manera clara y concreta de poder acompañar los límites y los conflictos que asegurase el respeto, se podría explicar en un libro, lo leeríamos y ya lo tendríamos resuelto.

Pero la realidad es siempre mucho más diversa y compleja de lo que puede caber dentro de un marco definido. Hay tanta variedad de situaciones que pueden acontecer, que es muy difícil sintetizar una fórmula que se pueda aplicar en todas ellas. Porque cuando hablamos de acompañar con respeto, nos referimos a estar disponibles para observar, escuchar y percibir lo que le está pasando a las personas que estamos cuidando y a nosotras mismas. Si tenemos en mente la respuesta preparada, una fórmula que nos guiará en qué hacer y qué decir, la posibilidad de estar disponibles y presentes para escuchar se reduce notablemente.

 

Entonces, ¿cómo podemos hacer para entrenarnos a acompañar de una manera más respetuosa los límites y conflictos? Si no hay una respuesta concreta ¿cómo podemos aprender?

Por lo que he ido comprendiendo, creo que el camino consiste más en conocer e interiorizar los aspectos a tener en cuenta para que nuestro acompañamiento sea respetuoso con los procesos de vida, tanto en mi propio proceso, como en el de las demás personas implicadas en la situación. De alguna manera, sería como aprender los elementos básicos del jazz para poder improvisar sobre el escenario. Porque si queremos acompañar de manera respetuosa, no podremos componer una pieza con anterioridad, tendremos que improvisar una manera que se ajuste a las necesidades concretas de cada situación.

Por eso, se requerirá un conocimiento muy profundo de cómo escuchar y captar las necesidades. Tendremos que disponer de un gran número y una gran variedad de recursos, así como desarrollar la capacidad de ponerlos en funcionamiento de forma selectiva, de acuerdo con las circunstancias en que se da aquel conflicto para generar respuestas que sean cuidadosas con todas las personas participantes.

 

Eso nos lleva a replantearnos qué concepción tenemos de los límites y de los conflictos pues poder acompañar con respeto implica tener un punto de partida que nos conduzca hacia allí.

Los límites y los conflictos que hemos vivido a lo largo de nuestra vida a menudo nos han dejado un mal sabor de boca. Hemos asociado la palabra límite a sensaciones como la frustración, la vulnerabilidad y la rabia. Hemos recibido muchas veces un acompañamiento violento, abusivo y cargado de emociones desagradables y lo hemos vivido con dolor. Por eso, aunque hablemos de que los límites son importantes y saludables, fácilmente al encontrarnos con situaciones en que tenemos que sostenerlos, nos aparecen todas estas asociaciones. Al mismo tiempo nos acompañan nuestras estrategias defensivas para no tener que afrontarlos, como son la distracción o la evitación.

Así, una de las cosas más importantes para poder poner un límite con respeto pasa por respetar el límite que yo estoy poniendo. Diferenciar los límites que cuidan, de los límites que restringen la libertad personal.

Dejar ir la carga negativa que ha acompañado en tantas ocasiones los límites que he vivido y poder abrazar la convicción de que los límites no son buenos o malos, sencillamente son. Y para el ser humano es imposible vivir sin ellos de la misma forma que no puede vivir sin oxígeno.

Nuestra propia biología se basa en órganos cubiertos por membranas, que definen un límite entre ellos. Esta membrana regula y limita lo que entra y lo que queda fuera. Es un límite que cuida. De la misma manera tenemos una estructura ósea y muscular que limita y define nuestra flexibilidad y movimiento, a la vez que hacen posible el movimiento voluntario y autónomo. Si no tuviésemos huesos y músculos seríamos una masa amorfa de carne sin posibilidad de moverse voluntariamente. Nos limitan a la vez que nos dan la libertad de automoción.

 

¿Puede existir la libertad en el vacío? ¿Puede existir la libertad sin el límite?

Si no hay un marco en el que moverse, no hay autonomía para moverse. Sería como intentar caminar por el espacio sin fuerza de gravedad y sin superficie rígida (tierra, nave espacial, cuerda). Sin una fuerza que me mantiene pegada en el suelo y sin una estructura rígida bajo mis pies no podría moverme a voluntad. No hay posibilidad de autonomía, no hay posibilidad de libertad. Y estos elementos de los que estamos hablando (fuerza de gravedad y suelo) no dejan de ser límites.

Es decir, de la misma forma que tenemos huesos y músculos que limitan el tipo de movimiento que podemos tener y a la vez nos permiten mover, los límites que dan una estructura y nos definen por dónde ir o no ir, nos dan la libertad de ir.

No podemos perder de vista, claro está, que no todos los límites promueven la libertad. Algunos la restringen. Por todo eso, uno de los primeros aspectos a revisar tiene que ver con tomar conciencia de la concepción que tengo del límite y ampliarla.

Un segundo aspecto a tener en cuenta para acompañar límites con respeto, es aprender a discernir si el límite que estamos poniendo está al servicio de cuidar, o más bien al servicio de controlar, restringir.

Tendremos que observar también, la seguridad física, psicológica y emocional que permite el límite. Tendremos que afinar la sensibilidad para comprender las necesidades auténticas de las personas implicadas en la situación. Comprender las necesidades propias de cada etapa de desarrollo y entrelazar este conocimiento, con la escucha de las necesidades individuales de cada persona en una circunstancia concreta.

También tendremos en cuenta lo que puede estar facilitando o dificultando el entorno en el que estamos. Observar si es un entorno relajado, adaptado a las necesidades afectivas, fisiológicas, de seguridad, sociales y de desarrollo.

Y sobre todo, tendremos en cuenta el entorno relacional en el que está pasando el conflicto o la situación que requiere de un límite. Cuando me refiero al entorno relacional, tengo en cuenta a los niñxs que se están relacionando, pero sobretodo me tengo en cuenta a mí como sujeto en relación. Eso implica tener conciencia de lo que me está pasando, desde dónde estoy actuando, qué juicios me están condicionando… En definitiva, cómo estoy yo para acompañar la situación.

Hasta donde he podido comprender por ahora, la clave para garantizar un acompañamiento respetuoso con los límites y los conflictos, reside primordialmente en tomar consciencia de cómo estoy, qué me está pasando y de qué manera puedo hacerme cargo de ello, para estar disponible para recibir cómo están lxs niñxs que acompaño y qué necesitan.

Así como poner conciencia sobre la intervención que estoy haciendo: ¿es clara? ¿facilita? ¿fortalece? ¿valida las necesidades de todxs? ¿da tiempo para digerir? ¿es flexible? ¿se adecúa a las circunstancias del momento? ¿se ajusta al momento evolutivo del niñx? ¿se ajusta al temperamento del niñx? ¿fomenta la autonomía del niñx? etc.

 

Al final todo se reduce a observar.

Observo qué me pasa dentro, observo cómo esto se expresa hacia fuera, observo qué les pasa a las otras personas, observo qué pasa en la relación. Y sólo con poner mirada, muchas cosas se colocan en su lugar por sí mismas y el respeto por los procesos de vida se impone.

 

Doa Rodríguez Bover
Integrante del equipo de formadoras de Senda

 

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