Las circunstancias nos obligan a detenernos a pensar desde qué lugar, recursos y herramientas acompañamos y acompañaremos a las criaturas y a las familias en este tiempo que estamos transitando como sociedad.

La escuela es, después de la familia, la institución por excelencia que acoge, cuida y acompaña los procesos emocionales de la infancia, también es la institución que recibe los impactos que en esta suceden. Es por eso que nos planteamos detenernos a pensar en el papel clave que está jugando y que jugará en los próximos meses en el proceso de esta pandemia y sus impactos.

Existen áreas específicas de la psicología dedicadas a estudiar y a analizar los impactos psicosociales de este tipo de sucesos catalogados como “desastres” o “catástrofes” de una forma muy específica y con esta información que hoy se conoce de este tipo de impacto, es importante que la escuela se detenga a pensar cómo acoge y acogerá a las criaturas en sus vivencias de pérdidas, duelos, situaciones intensas e incluso traumáticas. Pensar tanto sus posibilidades como sus límites. Pasar de la reacción a la construcción.

Necesitamos pasar a una seguda fase y además de mirar la salud física y la supervivencia, cuidar de la salud psicológica

Llevamos casi dos meses de confinamiento y casi toda la mirada ha estado puesta en este primer tiempo, el tiempo de la emergencia, en cuidar la salud física de las personas. Ha sido un tiempo de mirar y cuidar de la supervivencia atendiendo principalmente los impactos de la pandemia en la salud pero también para muchas familias en el terreno material-económico. Estas han sido las protagonistas de todo este primer tiempo: la salud y la economía.

Pensamos que es necesario, ahora ya en una segunda fase y una vez pasado ese primer impacto, abrir espacios que miren y velen por la salud mental, emocional y afectiva de todas las personas. Desarrollar una mirada de intervención educativa y preventiva durante y después del confinamiento y el estado de alarma.

Una de las características que definen a esta pandemia como “desastre” o “catástrofe” es que afecta a todos los sub-sistemas de la sociedad, ninguno de nosotrxs queda fuera de lo que está sucediendo y esto es clave para pensar la intervención que estamos proponiendo. Necesariamente tendremos que sentimos incluidos, o parte, reconocer nuestra “afectación” en todo esto para no terminar activando nuestros propios mecanismos defensivos y disociarnos emocionalmente.

Desde Senda, por nuestra especificidad de mirada al ámbito educativo, pensamos que por una parte es vital y necesario ofrecer en primer lugar espacios de cuidado, elaboración y análisis de toda esta experiencia a los profesionales de los centros educativos. Y por otra, trabajar junto a los equipos de las escuelas en la elaboración de estrategias de intervención educativas y preventivas que tengan como finalidad minimizar los impactos (emocionales, corporales y cognitivos) que todo esto está teniendo y podrá tener en las criaturas y sus familias.

Como centro educativo hemos de estar preparados para incluir esta experiencia que estamos atravesando dentro del aula y de la escuela. No la podemos excluir, no la podemos dejar fuera porque sabemos que todo lo excluido nos vuelve con mucha más fuerza y por lo general acompañado de sufrimiento y malestar. No la podemos concebir como un “paréntesis” en nuestras vidas, como si pudiéramos volver a la “realidad” de antes una vez levantado el estado de alarma. Se nos impone incluir esta vivencia en nuestras realidades, porque solo así saldremos fortalecidos y transformaremos esta vivencia tan intensa en una experiencia de crecimiento y aprendizaje para la vida también desde las escuelas.

Desde las teorías psicológicas que han estudiado el trauma, desde la psicopedagogía y las neurociencias aplicadas a la educación sabemos que para que las criaturas estén disponibles psicológicamente para los aprendizajes su sistema nervioso y su mundo emocional-afectivo no puede estar en “modo alerta” o con una intensidad que les desborde. Alicia Fernandez, psicopedagoga argentina, ya habló de la “inteligencia atrapada” (1987) para conceptualizar este proceso donde hay inteligencia pero esta queda presa de las emociones y no puede desplegarse.

No hay aprendizaje si la emoción o la vivencia es desbordante o invade completamente el mundo interno de las criaturas. En ese caso hay reacción, hay defensa, pero no hay construcción.

Cuidar el mundo emocional de lxs niñxs es trabajar para la prevención de trastornos psicológicos y a la vez es trabajar para favorecer los procesos de aprendizaje, finalidad principal de las instituciones educativas.

La importancia de cuidar a lxs que cuidan

Conocemos y defendemos la importancia de cuidar a lxs que cuidan abriendo primero el espacio de escucha de nosotrxs mismxs como adultxs para luego ir hacia el mundo interno de las criaturas. No podemos acompañar fuera lo que antes no hemos sido capaces de mirar y acompañar dentro nuestro, sobretodo en estos tiempos donde todxs estamos navegando la tormenta.

Nos planteamos la importancia de cuidar de lxs profesionales que acogen a uno de los colectivos más vulnerables de la sociedad por la dureza de su confinamiento y por estar en proceso de “construcción psíquica” y crecimiento como son lxs niñxs.

También reconocemos la importancia de elaborar estrategias de intervención educativas y preventivas adaptadas a las realidades de la comunidad de cada centro educativo. Para ello reflexionamos sobre la necesidad de incluir en el currículum escolar la Pedagogía de la Vida y de la Muerte, incluir los ciclos vitales como tema transversal más allá de los recursos específicos que podemos ofrecerles a las criaturas para elaborar las pérdidas y los duelos.

También es muy importante que los equipos cuenten con marcos de análisis que les permitan conceptualizar y organizar las vivencias emocionales, cognitivas y corporales.

Es vital definir los alcances y los límites de nuestra intervención como institución educativa, y trabajar sobre cuáles serán los criterios que como equipo tendremos para pedir ayuda u orientar a la familia a pedirla cuando la situación sobrepase los límites de nuestras intervenciones. La escuela cumplirá en este aspecto del cuidado de la salud psicológica una labor fundamental, no solo en cuanto a la prevención que podrá realizar sino también en su trabajo de detección y orientación de situaciones más delicadas o complejas.

Esto es clave para que lxs profesionales no se sientan solxs en su trabajo, para que trabajen en primer lugar en equipo, y a la vez que estos equipos se visualicen formando parte de una red más amplia que les ayuda a sostener. En situaciones de tanta complejidad es necesario sentirnos sostenidos por una red de personas, profesionales, instituciones.

Esto nos ayudará a prevenir así un sostén que desborde la finalidad y el alcance de la escuela y que podría provocar fácilmente que lxs maestrxs caigan en el agotamiento emocional, en síndromes como el de desgaste por empatía, fatiga por compasión o burn-out.

Si no cuidamos de esto, seguramente en pocos meses tendremos al colectivo de docentes con una serie de sintomatologías propias del estrés ya sea por el trauma vivido en primera persona a partir de las situaciones personales o por el vivido a partir de acompañar el trauma de otrxs, el estrés traumático secundario.

Es importante considerar que este colectivo tiene una doble exposición, a la situación personal vivida en primera persona (enfermedades, pérdidas, muertes cercanas) y al acompañamiento y sostén de las familias de la comunidad educativa (padres, madres, niñxs) que también están transitando por situaciones complejas y delicadas.

Además de esta doble exposición, lxs docentes están expuestos a una presión muy grande laboral por tener que traducir toda su metodología presencial a un formato telemático, lo que suma mucha carga extra y exigencias.

Estas reflexiones ya las están realizado lxs propixs docentes como lo refleja esta carta abierta de una docente publicada por la Fundación Claudio Naranjo, donde se hace un planteo muy interesante sobre la función de lxs docentes y de las instituciones educativas en estos tiempos y donde se reflexiona sobre la necesidad de que lxs docentes se permitan incluir sus emociones en los procesos que están viviendo.

¿Qué está a nuestro alcance hacer como docentes y como equipos educativos?

Por todo ello hemos de abocarnos a trabajar desde un punto de vista emocional para ser conscientes de lo que está sucediendo en nuestra actualidad y comprender cómo nos situamos como personas ante ello, cómo nos situamos como profesionales, como equipo, como centro. Este movimiento es necesario para dotar al profesorado y a los equipos de recursos que permitan encontrar nuevos sentidos en medio del caos y, sobre todo, para encarar lo que nos encontraremos cuando volvamos a nuestra tarea educativa presencial con las criaturas.

“Entender que todxs estamos procesando y continuaremos procesando durante un tiempo un duelo colectivo nos va ayudar a tener en perspectiva el construir programas e intervenciones más acordes con lo que será realmente prioridad: la reconstrucción de la vida afectiva, relacional y social.” (1) Esto lo podremos hacer solamente si tenemos en cuenta tres dimensiones: la individual, pensando en nosotrxs como personas y como profesionales, la grupal, pensando en los equipos de los que formamos parte y la comunitaria, teniendo en cuenta no solo a las criaturas sino también a todas las familias con las cuales trabajamos en las escuelas.

Será vital contar con una visión del acompañamiento emocional que incluya lo que estamos viviendo en la actualidad y sus consecuencias a corto, medio y largo plazo en la infancia: la pandemia del coronavirus y todo lo que ésta acompaña para que podamos salir fortalecidos personal e institucionalmente.

Todo este proceso implicará abrir nuevas etapas de construcción y de reconstrucción personal y colectivamente.

(1) Rodríguez, Isabel. Material elaborado para la formación de Acompañamiento Emocional – Sesión Unidades de Vida-

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