El final de curso no implica solamente el comienzo de las vacaciones, también representa un tiempo de múltiples cierres y despedidas que, aunque a veces pasen desapercibidos para el mundo adulto, son profundamente significativos y movilizadores para las criaturas.

El final de curso no es solo un “adiós”

Terminar un curso o etapa escolar puede implicar dejar atrás a una maestra con la que hemos construido un vínculo fuerte y con la que nos sentimos seguros/as, despedirse de compañeros y compañeras que no estarán el próximo año y que son significativos para nosotras, enfrentarse a un cambio de ciclo o incluso dar el gran salto al instituto…

Estos momentos de transición no son menores: representan pequeñas muertes simbólicas, duelos, a la vez que comienzos inciertos que pueden remover muchas emociones, tanto emociones cercanas a la alegría o la ilusión como también miedos, tristeza y hasta frustración o enfado.

Como adultos/as, madres, padres, docentes, terapeutas, es esencial que no minimicemos estos cierres, dando por sentado que es uno más de los tantos que ya han transitado o que transitarán en el futuro, sino que los acojamos con la importancia que se merecen. En cada final de etapa hay algo que se pierde y algo que se inaugura y en ese tránsito, la vivencia emocional merece ser acompañada con respeto y sensibilidad.

Las emociones que surgen en los cierres y cambios de etapa

En cada despedida conviven muchas emociones. Algunas son fáciles de identificar, como la alegría por lo que viene o la tristeza por lo que termina o hemos de dejar. Pero otras son más complejas, incluso contradictorias: miedo, incertidumbre, enfado, frustración o confusión.

El final de curso puede ser vivido como una fiesta, como un duelo o las dos cosas simultáneamente. Es natural que una niña se sienta feliz por el verano, pero triste porque su maestra no seguirá con ella. O que un niño esté emocionado por ir al instituto, pero a la vez asustado por dejar atrás la escuela como lugar que le dio seguridad todos estos años. Incluso puede aparecer el enfado si no se cumplen sus expectativas: “no me tocará con mis amigos”, “me cambiaron de grupo”, “no entré al instituto que quería…”.

Y es aquí donde la mirada adulta juega un papel clave. Si apresuramos a los y las niñas a “estar bien”, a “no pensar más en eso”, o si evitamos hablar de lo que duele pensando que así les protegemos del sufrimiento y les fortalecemos, sin querer estamos negándoles la oportunidad de elaborar el cierre y de integrar su vivencia de forma saludable. En definitiva, es un momento que implica una gran oportunidad de aprendizaje emocional si lo sabemos o podemos acompañar.

Y cómo acompañar a los y las niñas en estos cambios

Acompañar no es resolver. Es estar presente, es abrir el espacio para que la emoción pueda ser nombrada y sentida. Es sostener con empatía la tristeza, el miedo o el enfado sin tratar de corregir, distraer o resolver.

Acompañar un cierre implica:

? Validar lo que sienten, incluso si no lo comprendemos o compartimos totalmente.

? No minimizar ni relativizar (“no es para tanto”, “ya se te pasará”).

? Ofrecer tiempo y presencia para hablar de lo que se va y lo que viene.

? Nombrar lo que quizás ellos aún no pueden nombrar: “A lo mejor te sientes triste porque tu maestra ya no estará el año que viene…”

? Aceptar que cada niño y niña vive los cambios a su ritmo y con sus propias emociones.

? Aceptar también que hay criaturas para las cuales los cambios son mucho más difíciles de transitar que para otras.

La calidad del acompañamiento emocional se juega en los pequeños gestos del día a día: una conversación antes de ir a dormir, un cuento que abre el tema, una mirada paciente, una pregunta disparadora, compartir una experiencia personal nuestra, una lectura, etc.

Endurecernos no nos hace más fuertes

No dar espacio al dolor, al miedo o a la tristeza no les hace desaparecer ni nos hace más valientes o fuertes… Solo hace que estas emociones se vivan sin ser compartidas, por lo tanto sin ser acompañados/as.

La cultura del “ser fuerte” muchas veces se confunde con endurecerse, con no mostrar vulnerabilidad, con pasar rápido por encima del malestar. Pero desde una perspectiva humanista, sabemos que hacerse fuerte no es endurecerse, sino aprender a transitar las emociones para que, en la elaboración de estas, podamos seguir madurando y creciendo emocionalmente.

La fortaleza emocional en la infancia se cultiva cuando les damos permiso a las criaturas a sentir sin ser juzgados, validando todas las emociones. Y esto no implica que validar sea equivalente a no poner límites a las acciones, por ejemplo podemos transmitir un mensaje de este tipo “entiendo que te sientas muy enfadado porque no te ha tocado continuar con tus amigos pero no dejaré que insultes o pegues a nadie por ello”…

La diferencia entre fortalecernos y endurecernos, es que cuando nos volvemos duros/as la emoción queda relagada, apagada, reprimida o negada… y en la fortaleza las podemos acoger a todas, procesar y elaborar, para continuar nuestras experiencias vitales sintiéndonos más completos/as e integrados/as con todas nuestras vivencias externas e internas.

Para las familias: ser refugio

Acompañar a nuestros hijos e hijas en sus cierres y transiciones no significa tener todas las respuestas, ni evitar que sufran. Significa estar presentes para que no lo vivan solos/as.

Muchas veces, lo más transformador es dejar de lado nuestra angustia porque no sufran, intentando buscar soluciones a la situación y simplemente observar lo que está sucediendo, acompañar y poner palabras a las emociones:


“Entiendo que estés triste porque el próximo curso ya no estarás en esta escuela o en este grupo, creo que me sentiría igual si me pasara a mí”


“Algunas veces podemos sentir miedo cuando tenemos por delante un cambio importante, es normal que lo sientas por por pasar al instituto, esto no significa que no seas capaz de hacerlo o que no seas suficientemente fuerte como para traspasar tu miedo”

Escuchar sin juicio, no apurar los procesos, respetar los tiempos. Cada niño y niña tiene su forma de elaborar los duelos, y como familia, podemos ofrecer un espacio seguro donde todas sus emociones tengan un lugar.

No necesitamos ser expertos/as en psicología para sostener, solo necesitamos presencia, atención y sensibilidad. Ser ese refugio donde se pueden permitir sentir, sin miedo a ser rechazados o invalidados/as.

Para los y las profesionales: una mirada desde el desarrollo afectivo y los vínculos

Desde una perspectiva psicológica psicodinámica, comprendemos los cierres y transiciones como procesos de duelo simbólico, en los que el sujeto necesita resignificar lo perdido para poder integrar lo nuevo. Estos momentos movilizan mucho a las criaturas, especialmente cuando en estos cierres está implicada la vivencia de dejar atrás o perder referentes emocionales o vínculos seguros con personas, ya sean del mundo adulto o del grupo de pares.

También un cierre entendido en parte como una pérdida puede reactivar emociones de los cierres o pérdidas biográficas más importantes anteriormente vividas. Por lo que hemos de estar especialmente atentos/as en criaturas que hayan podido tener duelos importantes quizás complejos de elaborar o aún no elaborados. En estos niños y niñas hemos de poner una mirada más cuidadosa en la anticipación, en la diferenciación entre lo que pasó en el pasado y este cierre o cambio para que el proceso pueda darse de forma saludable.

Como profesionales, tanto del ámbito educativo como terapéutico acompañar estas transiciones implica:

? Construir rituales significativos en tanto actos simbólicos que favorecen la elaboración del cierre (cartas, despedidas, celebraciones significativas para las criaturas).

? Acompañar a que se puedan identificar y nombrar las emociones que coexisten en este momento, incluyendo aquellas que resultan ambivalentes o contradictorias.

? Sostener estos espacios donde puede darse lugar a la emoción apoyándonos en el vínculo construido con cada criatura ya sea en el ámbito educativo como en el terapéutico.

? Incorporar una mirada interseccional que contemple las variables familiares, culturales y sociales que atraviesan las experiencias de cambio.

? Trabajar de la mano con las familias para que tanto el acompañamiento de la escuela, como el de la terapia y el familiar vayan en la misma dirección.

Al integrar estas dimensiones en nuestro acompañamiento a los momentos de cierre o cambios de etapa, estamos promoviendo procesos de crecimiento y desarrollo emocional más integrados, saludables y respetuosos del mundo emocional infantil. Y en este sentido, un cambio de etapa puede ser una gran oportunidad de aprendizaje emocional cuando sabemos y podemos acompañarla.

Si te interesa profundizar en el acompañamiento emocional de las pérdidas o duelos en la infancia, te invitamos a leer la entrada del blog: «La muerte y el acompañamiento de las pérdidas en los niños y niñas»